El hábito no hace al monje, ¿o sí?

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 ¿Podemos empezar por parecer buenos y después llegar a serlo?

Dice la sabiduría popular que “el hábito no hace al monje” que “las apariencias engañan” o “que no es oro todo lo que reluce”, sin embargo, distintos estudios evidencian que la primera imagen que percibimos de los demás conformará la percepción futura que tendremos de esa persona, y costará mucho modificarla si la impresión fue negativa.

Dado que el entorno profesional es también un entorno social y aplican las mismas fórmulas en las interacciones interpersonales, es lógico pensar que nuestra apariencia pueda influir en nuestro éxito profesional.  La interesante aplicación práctica de esto es si el hecho de trabajar la imagen que queremos proyectar puede convertirnos en el profesional que queremos ser.

No es necesario que nos lo digan los expertos, a nadie se le escapa que la ropa que llevamos, los complementos que usamos, la forma en la que arreglamos nuestro cabello y la manera en la que actuamos ofrece una información sobre nosotros mismos que es utilizada por los demás para formar un juicio exprés sobre el tipo de personas que somos.

También nosotros aplicamos ese conocimiento intuitivo para recomponer nuestra imagen según la impresión que queremos causar dependiendo de donde vayamos.  Así nos “engalanamos” de una manera o de otra dependiendo de si vamos al trabajo, a una cena con amigos o al parque con los niños, y nos comportamos de manera diferente en una primera cita romántica, en una entrevista de trabajo o el primer día en la universidad.

Tenemos que tener en cuenta que este tipo de juicios rápidos sobre los demás los hacemos constantemente, de manera inconsciente y muy rápida cada vez que nos cruzamos con una persona desconocida.

Es una manera económica de actuar de nuestro cerebro, que basándose en estereotipos, construidos socialmente y afinados por nuestra experiencia, clasifica automáticamente las imágenes de esas personas dentro de una categoría y es bastante eficaz para las interacciones sociales cotidianas y superficiales.

Y no sólo es el aspecto físico, el tono de voz que se utiliza para saludar contribuye inmediatamente a formar la primera impresión.   Psicólogos de las universidades de Glasgow (Escocia) y Princeton (EEUU) han demostrado que un simple ‘hola’ es suficiente para sacar conclusiones sobre el tipo de personalidad de la persona que habla.

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Si bien es de sobra conocido que las primeras impresiones muchas veces son erróneas y cuando profundizas en el conocimiento de la persona en cuestión descubres, para bien o para mal, que tu juicio fue completamente equivocado, lo cierto es que la mayoría de las veces nos dejamos llevar por el automatismo en nuestras relaciones con los demás.  En realidad es muy fácil no hacerlo ya que sólo implica el uso de la voluntad, pero representa un gasto de energía extra que normalmente reservamos para determinadas ocasiones.  Y, además, yo dudo de que, por más que queramos, podamos ignorar completamente el “primer etiquetado” inconsciente.

Es tal la dimensión que alcanza el factor de apariencia física como facilitador del éxito que, según diferentes estudios, las personas menos agraciadas tienen menos oportunidades a la hora de conseguir trabajo,  sufren más bullying en el trabajo y además tienen peores salarios.

Pero no hay que desanimarse si no eres un bellezón , ya que lo curioso de las conclusiones a las que se ha llegado con estas investigaciones es que esta ventaja de la belleza no sólo es producto del efecto que produce por sí misma en los demás, sino que es sumamente importante lo que pensamos nosotros de nosotros mismos: las personas que se consideran guapas y atractivas, tienen mayor autoestima, por lo que actúan con mayor seguridad y esto repercute directamente en la percepción de los demás, ya que la gente segura se percibe como más inteligente y con unos valores morales más altos que el resto.

Y esto me lleva a la consideración con la que arrancaba este post, ¿se puede construir artificialmente una imagen de profesionalidad que acabe siendo real?

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Lo mires por donde lo mires, del derecho o del revés, está claro que no es suficiente con ser bueno, sino que hay que parecerlo y esa validez aparente es fundamental en nuestras relaciones interpersonales.  Por lo tanto, la preocupación por proyectar una buena imagen en nuestro ámbito personal y sobre todo profesional se convierte cada vez más en una necesidad que no debemos obviar si queremos triunfar.

Pero la cuestión es la siguiente, ¿puedes empezar por parecer bueno y después llegar a serlo? Hasta el momento, a esta pregunta yo hubiera contestado siempre que lo importante y lo primero es ser bueno, sin embargo el tiempo me está demostrando que quienes apuestan todo por el parecer bueno obtienen resultados más rápidos.

Hasta hace poco, también habría opinado que los resultados  del parecer son más endebles y perecederos ya que se basan en un escaparate, pero también empiezo a dudarlo.  En este vídeo TED, Amy Cuddy plantea en forma brillante, cómo muchas veces el actuar de determinada forma, no sólo incide en la opinión e imagen que los demás se forman de nosotros, sino que moldea nuestra propia auto imagen y nuestro desempeño.

Los expertos en imagen afirmen que debes vestir no como el profesional que eres sino como el que quieres ser.

La conclusión práctica de todo esto es que para alcanzar el éxito el primer paso es creerte capaz de conseguirlo y proyectar una imagen de éxito aunque aún no lo tengas.  Sin embargo, a partir de aquí se abren dos caminos, ya que no debes olvidar que, tarde o temprano, tendrás que demostrar que eres bueno de verdad (1er camino) o bien dedicarte a una vida nómada en busca de territorios inexplorados donde nadie te conozca y la primera impresión de tu escaparate siga funcionando (2º camino).